Nuestra Mirada
El Buda enseñó que todo lo que existe es interdependiente. Todo lo que compartimos en este hermoso planeta está entretejido en una vasta y profunda red que también nos conecta con el sol, la luna y más allá.
En una red interconectada no hay un centro. Sin embargo, la humanidad nos experimentamos continuamente como el centro. Con esta visión errónea percibimos todo lo que nos es externo como algo separado y lo que vemos como “otro” se convierte en un objeto de posible explotación, dominación, deseo o control.
Las sociedades humanas tienen la tendencia a marginar lo que perciben como “otro”: personas de otras naciones de otras naciones, tierras, géneros, razas, clases, ideologías políticas, religiones y un largo etcétera. Desde esta misma perspectiva, la misma “naturaleza” es relegada a un segundo plano y se convierte en el telón de fondo de nuestras vidas, lo “otro”. Los animales no humanos se convierten en recursos para acorralar, encadenar, consumir, encerrar, exhibir o eliminar a medida que invadimos su hábitat.
Si las únicas relaciones significativas en nuestras vidas fueran con otras personas humanas, podríamos aún considerar que llevamos una vida rica y plena. Sin embargo, habríamos dado la espalda a la gran mayoría de otros seres con los que tenemos relaciones íntimas de parentesco: aquellos cuya carne hemos comido o cuya leche hemos bebido, cuyas maderas hemos usamos para apoyar nuestros libros y codos, cuyas hojas o granos consumimos al despertar, cuya piel colocamos en nuestros pies, cuyo cuerpo nos sostiene con cada paso que damos diariamente, cuya luz plateada ilumina nuestros paseos nocturnos… Así, habríamos dejado fuera de nuestra consideración a la mayor parte de nuestro ser más amplio, nuestro ser interconectado.
Hoy estamos viviendo la consecuencia lógica e inevitable de este modo de relacionarnos con el mundo al adoptar una postura extractivista y separatista. Esta postura convierte todo en un objeto para ser cosechado, atrapado, embotellado, comercializado y consumido: los bosques que son nuestros pulmones, los ríos que son nuestras venas, los animales no humanos que son nuestros parientes. Siglos de actividad humana depredadora ahora nos están mostrando los efectos, lo vemos en la extinción masiva de especies, la pérdida de hábitats, el desequilibrio climático, el aumento del nivel del mar, entre muchos otros.
Creemos que es urgente y necesario un cambio radical en nuestras relaciones, una reorientación que nos permita conectar y colaborar con nuestros ecosistemas en lugar de controlar,, como si fuéramos amos y señores. Oímos a nuestro planeta herido clamando por nada menos que una revolución en la conciencia y la conducta humana. Apenas podemos vislumbrar una alternativa al mundo que tenemos ahora, entonces, ¿cómo movilizamos nuestras energías para cambiar de rumbo? Las palabras de la escritora y activista social afroamericana Toni Cade Bambara han inspirado este proyecto cuando escribió: “El papel del arte es hacer irresistible la revolución”.
Las y los artistas poseen poseen un poder alquímico particular que nos invita no solo a expandir nuestra visión y despertar nuestra imaginación, sino a transformar nuestro modo de ser en el mundo. En 2023 convocamos a artistas de las comunidades budistas de habla hispana para que pusieran en movimiento sus poderes alquímicos a través del arte con el fin de hacer irresistible la revolución; una revolución que se aleje de la visión antropocéntrica que dictamina lo que es significativo, para orientarse hacia una experiencia descentralizada de arraigo espiritual en un mundo más allá de lo humano.
Una revolución que nos aleje de un mundo de entidades independientes compitiendo por el dominio y que vaya hacia un mundo de relaciones interdependientes.
Así creamos, con el generoso apoyo de la Fundación Kalliopeia, el Primer Premio de Arte Ecodharma. Con este proyecto buscamos abrir un espacio para que artistas de habla hispana compartieran su visión de una espiritualidad budista enraizada en los ecosistemas latinos e ibéricos y que diera cuenta a su vez de estos contexto culturales y físicos. Y es que cualquier persona que haya sido expuesta por primera vez al budismo en las Américas o en cualquier lugar fuera de Asia, tiende a pensar en este como una tradición esencialmente contemplativa. Sin embargo, a lo largo de sus 2,600 años de historia, el budismo ha sido a su vez una tradición visual y una tradición contemplativa. E incluso podríamos decir que quizás más visual, pues en muchos momentos y lugares de su larga historia, las personas se conectaron más profundamente y con mayor frecuencia con el Buda y sus enseñanzas a través del arte que de las prácticas meditativas.
A medida que el mensaje del Buda se extendía, desde su lugar de origen en el norte de la India hacia el exterior a lo largo de Asia, las comunidades budistas crearon, valoraron y honraron manifestaciones artísticas de lo sagrado.
Si piensas en el arte asiático, es muy probable que lo que venga a tu mente sea, de hecho, arte budista. Por supuesto, las tradiciones artísticas locales desarrollaron dialectos regionales, pero el arte budista también se comunicaba en un lenguaje visual compartido que era inteligible para los practicantes, ya fuera en Afganistán o Japón, Tíbet o Indonesia. En nuestro proyecto de Arte EcoDharma, al invitar a a las y los artistas latinos e ibéricos a imaginar un budismo naturalizado en sus propias tierras, les alentamos a permanecer en conversación con el lenguaje visual de las tradiciones artísticas ancestrales del budismo en Asia. Para ello, ofrecimos un curso abierto en español: Arte Budista para practicantes y artistas, con el fin de proporcionar una base en la gramática y el vocabulario del lenguaje visual del budismo. El arte budista desafía muchas de las suposiciones que podemos tener al acercarnos a una obra de arte. El budismo, como muchas culturas tradicionales, no habla de “arte por el arte”, sino que se apoya en este para dar sostén a la práctica meditativa, comunicar conceptos clave, representar narrativas importantes y, sobre todo, conectarnos con lo sagrado.
En las tradiciones visuales budistas lo que tienen que expresar los o las artistas no son el enfoque principal, sino que es la experiencia de quien percibe el arte lo que se coloca en el centro. El arte budista se desarrolló dentro de las culturas sánscritas de la India y, por lo tanto, está indeleblemente marcado por la noción sánscrita de “darshana”, en la que se entiende que somos profundamente transformados por lo que presenciamos o percibimos con los sentidos. Al observar algo establecemos una relación con lo que hemos observado y esa relación nos cambia para bien o para mal. Presenciar seres de poder espiritual y bondad, despierta nuestra propia bondad y poder espiritual, nos hace posibles nuevos modos de ser.
Al conectarte con las obras compartidas en esta exposición te invitamos a abrirte a los cambios alquímicos que el arte budista busca provocar en su audiencia y a entrar en una relación receptiva con las visiones creadas: ¡no resistas la revolución! ●