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Bienvenidos a nuestra Comunidad Monástica

Durante una audiencia a principios de 2009, con Su Santidad el 17º Karmapa, Ogyen Trinley Dorje, nuestra comunidad presentó nuestra visión y nuestras amplias aspiraciones. Lo siguiente es un resumen de lo que expresamos a Su Santidad en ese momento:

Hemos comenzado a vivir juntas, tratando de traer a nuestra experiencia, lentamente, las estructuras de vida comunitaria que están de acuerdo tanto con el vinaya como con nuestros antecedentes culturales y nuestras aspiraciones Mahayana. Hacemos esto con el sueño de construir los cimientos de una comunidad monástica más amplia, en el futuro.

Para nosotras como occidentales, esto implica una fase de experimentación, y nos comprometemos a trabajar juntas para encontrar el balance correcto de modo que, gradualmente, pueda tomar forma una comunidad fuerte, estable y armoniosa. En el largo plazo, nuestra aspiración es ayudar a crear una comunidad donde las monjas de diversas naciones puedan caminar juntas hacia la iluminación. Deseamos construir una plataforma hermosa y floreciente en la que beneficiemos a otros de maneras que nosotras mismas no podemos siquiera imaginar.

El monasticismo como algo de gran valor para los occidentales

Como occidentales, todos crecimos inmersos en un ambiente que nos dicta que la felicidad depende de nuestra adquisición de bienes externos y placeres sensoriales. Entre las muchas enseñanzas que ofrece el Budadharma, el sendero monástico en particular, proporciona una prueba directa de que es posible estar contentos con mucho menos de lo que nuestra sociedad insiste que es indispensable para llevar una vida feliz. Monásticos occidentales viviendo vidas significativas de manera gozosa, pueden ofrecer una demostración palpable de que las causas de la felicidad radican en un lugar distinto del que comúnmente puede pensarse. Como tal, consideramos que el monasticismo budista tiene una contribución altamente valiosa que hacer a la cultura occidental y, en consecuencia, a la cultura global sobre la que influye.

La vida en comunidad como una parte integral de la práctica del Dharma

Vivir juntas en comunidad como monásticas también ofrece una demostración vívida de las enseñanzas del Buda, acerca de que la búsqueda de nuestra felicidad individual sólo puede tener éxito cuando tomamos en consideración, de manera activa, el bienestar de los otros. En este sentido también, una comunidad monástica armoniosa puede ofrecer a la sociedad occidental, un argumento directo en contra de la creencia de que nuestra propia felicidad solo puede lograrse a costa de otros.

Nuestro propósito al vivir juntas no es simplemente encontrar condiciones de apoyo para nuestra práctica y estudio individual del Dharma. Más bien, consideramos nuestra vida en comunidad como una parte integral de nuestro trabajo para transformar nuestra mente, que es el objetivo de la práctica y el estudio del Dharma. Valoramos la oportunidad de apoyarnos las unas a las otras, al usar la vida comunitaria como un medio para reconocer y confrontar nuestras propias emociones aflictivas y auto-centradas, y para generar tolerancia y amor bondadoso, y aprender a valorar y apreciar a los otros.

Sin embargo, un grupo de individuos viviendo en el mismo lugar, por sí solo no constituye una comunidad de Dharma floreciente. Para construir una comunidad, es relevante practicar juntas de manera formal para logar estabilidad y un sentimiento de cercanía, y también escuchar enseñanzas de Dharma juntas, para profundizar nuestra práctica compartida. En un nivel práctico, cocinamos y comemos juntas, seguimos una agenda diaria que incluye oraciones y prácticas en grupo por la mañana y por la noche.

Entrenando en el vinaya

Consideramos las pautas que el Buda trazó para sus seguidores monásticos como instrucciones personales que podemos utilizar como soporte para la transformación de nuestra mente, al disciplinar nuestro cuerpo y habla. También las consideramos un mapa que delinea nuestra vida comunitaria.

Vivimos completamente de recursos económicos compartidos. Cualquier donativo que recibe cada una de nosotras se da a la comunidad, y se utiliza para el sostenimiento de nuestra vida comunitaria. De este modo, cuando manejamos dinero podemos hacerlo sin el pensamiento de que “es mío”.

Aunque reconocemos que muchas de las pautas del vinaya fueron inicialmente diseñadas en respuesta a un contexto diferente, aún así queremos intentar seguir este modelo hasta donde sea posible, y ajustar solo donde parezca necesario hacerlo. Por ello, vemos como crucial la guía de un maestro válido, sabio –con quien ya contamos en Su Santidad– y dentro de un ambiente protegido donde las reglas del vinaya se apliquen –tal como el que estamos creando ahora con nuestra comunidad.

Mantener el regocijo en nuestros votos

Aunque sea difícil confrontar nuestras emociones aflictivas, sentimos que somos inimaginablemente afortunadas al vivir bajo la protección de nuestros votos pratimoksha y compartir este modo de vida noble. Nuestra buena fortuna al gozar como monjas del cuidado de Su Santidad, nos llena de un regocijo casi imposible de expresar. Esta felicidad nos ayuda a cultivar una mente relajada, en medio de la tarea –a veces difícil– de la auto-transformación. Queremos mantener este regocijo básico como la piedra angular de nuestra vida conjunta en comunidad.

Crear una base estable para que otras monjas se unan más adelante

De alguna manera, los antecedentes culturales occidentales no son particularmente conducentes para la vida comunitaria. En general, hemos sido educados para valorar nuestra ‘independencia’, para tener nuestro propio espacio privado y para planear y trabajar para nuestras propias necesidades. Como resultado, después de la ordenación, las monjas occidentales encuentran muy natural vivir solas, cuidar sus propias necesidades materiales y practicar el Dharma de forma privada, por sí mismas. Dado que hay pocas opciones para que una monja occidental pueda vivir y entrenar de manera conjunta en comunidad, fácilmente se toma la elección de desarrollar un estilo monástico privado e individual. Como resultado, las occidentales que entran a una comunidad monástica tienen muchos ajustes que hacer y la transición no siempre es sencilla.

Además, aunque usamos el término ‘occidentales’, de hecho no hay una cultura occidental única. Así de pequeña como es, nuestra comunidad ya incluye personas de tres culturas muy distintas, y así nuestra vida comunitaria necesita también tomar en consideración su diversidad cultural. De cualquier manera, las dificultades y conflictos surgen de manera inevitable, en distintos grados, dentro de la vida comunitaria, donde se concentran muchos egos y varios conjuntos de emociones aflictivas. Solamente con el paso del tiempo podemos construir la seguridad y la confianza necesarias, en nosotras mismas y en las demás, para enfrentar estos momentos con ecuanimidad y compasión.

Por esta razón, nuestra idea es no tomar nuevos miembros sino hasta que hayamos construido una base estable, a la que otras puedan unirse, más que adaptarnos en respuesta a deseos individuales de cada nueva persona que llegue a la comunidad. En este momento, vislumbramos tal vez necesitar dos años para construir lentamente los cimientos, antes de comenzar a pensar en crecer más allá de esta diminuta comunidad que aún está en la infancia.

Nuestra aspiración es trabajar para poder ser de beneficio ilimitado a los demás, sin perder la oportunidad de ofrecer nuestros servicios a otros en las formas más sencillas a lo largo del camino. Vemos la formación de una comunidad monástica como una manera excelente de lograr ambas funciones: aprender a ofrecer y ofrecer al mismo tiempo. Por ahora, nuestro objetivo es simplemente trabajar para hacernos, nosotras y nuestra pequeña comunidad, aptas para servir como una plataforma en beneficio de otros, en el futuro.

Su Santidad, estas palabras han sido pronunciadas con una sola voz, pero sus aspiraciones fueron escritas con cuatro corazones. Apreciamos más allá de las palabras el apoyo que Su Santidad nos ha brindado hasta ahora, y le suplicamos uniendo nuestras palmas, que nos mantenga, a nosotras y a esta comunidad, bajo su cuidado cercano, por siempre. Por favor, guíenos para que podamos, nosotras y nuestra vida monástica en comunidad, ser del mayor beneficio para otros.

Su Santidad el Karmapa unió las palmas de sus manos y dijo “sí” cuatro veces, mirando directamente a cada una de nosotras. Desde ese día, hemos sido sumamente afortunadas al haber podido recibir su guía en cada paso de nuestro crecimiento como comunidad.