Así como nosotras nos apoyamos mutuamente en este camino monástico en comunidad, dependemos también de la bondad con la que otros nos apoyan en esta forma de vida. Sin la generosidad de quienes sustentan nuestro cuerpo y nuestras actividades, nos sería imposible llevar una vida espiritual y dificilmente podríamos aprovechar cada oportunidad para brindar servicio.

La vida en nuestra comunidad es simple. El presupuesto anual para mantenernos en Dharamsala –toda la comunidad– es de unos mil dólares al mes, aproximadamente. En el invierno, que es cuando asistimos a la Asamblea de Dharma para monjas Arya Kshema, al Monlam kagyu y a otros eventos de Dharma, los costos, incluyendo los viajes, son de alrededor de 1,500 dólares al mes, en total para nosotras cuatro. Nuestro programa de estudios anual requiere una inversión de 6,000 dólares. Si tú quieres apoyar nuestras actividades y nuestra forma de vida, puedes contribuir a través de tu tarjeta de crédito o por Pay Pal utilizando el siguiente enlace

Agradecemos mucho el donativo con el que te haces partícipe de la vida y las actividades de nuestra comunidad.

¿Por qué nos apoyamos en los demás para que nos sostengan financieramente? Buda aconsejó a sus monjes y monjas que subsistieran de las ofrendas materiales que les fueran obsequiadas libremente, pero que no aceptaran un pago por sus servicios ni participaran en otras formas de relaciones comerciales. Como mujeres profesionistas acostumbradas a una independencia financiera, adoptar este tipo de vida ha exigido una completa reorientación en nuestra manera de relacionarnos con los demás. No nos ha quedado más remedio que cambiar nuestros hábitos individualistas, poniendo más cuidado en nuestros deseos y necesidades personales y abriéndonos por completo a la realidad de nuestra propia interdependencia. Esto ha sido todo un reto y ha significado un poderoso entrenamiento para aprender a reconocer la enorme bondad de los demás, y a tomar en cuenta únicamente los objetivos que tengan un valor sustancial para otros y para la comunidad.

Al insistir en que los monjes debían vivir únicamente de lo que les ofrecieran los laicos, Buda creó una relación simbiótica entre su comunidad monástica y su comunidad laica. Mientras les indicó a las comunidades laicas y monásticas que practicaran el Dharma lo mejor que pudieran dentro del estilo de vida que habían elegido, a la comunidad monástica le confirió de manera muy especial la responsabilidad de mantener vivo el Dharma y siempre a la disposición del mundo, dedicando toda su vida al estudio, a la práctica y a la transmisión de las enseñanzas. Buda consiguió que la comunidad laica participara en esta importante tarea asegurando que los monjes contaran con las condiciones básicas para que pudieran hacer eso.

Este acuerdo refleja y refuerza el compromiso monástico con una vida sencilla y de renuncia. La práctica de vivir sólo con lo que se nos ofrece libremente, es parte de nuestra práctica de cultivar activamente el contento y aprecio por cualquier apoyo material que recibimos.

En nuestra comunidad de monjas sentimos la presencia de todos los que auspician cada cosa que hacemos. Su bondad hace posible algo que atesoramos más allá de las palabras; nos permite poder dedicar nuestra vida al Dharma en cada momento del día. Quienes nos apoyan están participando en nuestra vida cada instante, aunque físicamente no se hallen cerca. Nuestro propósito es compartido y nuestras vidas se vuelven una vida compartida con todos los que contribuyen a ella. Esto acentúa nuestro sentido de responsabilidad en cuanto a aprovechar cada momento de nuestra existencia como si fuera una vida que sostenemos en común. En términos prácticos, nuestros auspiciadores no sólo han hecho posible que hayamos podido recibir un entrenamiento, sino también que podamos dar un servicio a través de la traducción y la edición, conduciendo retiros y creando los programas educativos en línea en español del Instituto Budadharma. Compartimos también con ellos los frutos de estos esfuerzos.